La tragedia de los comunes: El elefante africano

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En el mundo en el que vivimos, cuando un bien económico se vuelve escaso y existe libre acceso a él surgen leyes o derechos de propiedad, individuales o colectivos, que restringen el acceso al mismo, dando lugar a dos posibles soluciones: la asignación de derechos de propiedad, y la gestión pública del recurso.

La tragedia de los comunes

La primera solución, surge de forma natural con respecto a los usos, costumbres o tradiciones de la zona. Si algo impide que surjan dichos derechos ese bien escaso tiende a desaparecer, ya que las personas que tienen acceso a él no tienen ningún incentivo en reponerlo. El dinero que empleen en reponerlo puede servir para proporcionar ese bien a otras personas, ya que es un bien de libre acceso, y al no obtener beneficio directo de ello consumen lo indiscriminadamente para obtener la mayor cantidad posible antes de que se acabe. El ritmo al que lo utilizan es cada vez mayor, y muy superior al de renovación, por lo que se produce una sobreutilización del recurso.

Si se otorgan derechos de propiedad se tiende a capitalizar el recurso, ya que es el capital el que proporciona bienes tan necesarios como el alimento. En el primer instante en el que se hace escaso es más fácil reconocer la quién corresponden los derechos de propiedad, ya que existe una tradición o costumbre en la que basarse y que es conocida por todos.

Los derechos de propiedad empezaron a desarrollarse como un método económico de análisis en la década de 1960. El principio básico de los derechos de propiedad es que los individuos responden a incentivos económicos que se ven influenciados por los derechos de propiedad

En contraste, el término «propiedad común» implica que existen normas y reglamentos relativos a los derechos de acceso y uso de los tipos «comunes». Esta distinción es importante porque algunos de los programas existentes hoy en África han dado a las tribus los derechos de propiedad para la vida silvestre conocidos como «bien común». [1]

La segunda solución, mediante la gestión pública del recurso, no crea el incentivo por renovar, sólo disminuye el consumo paulatino del bien en cuestión.

Los principales problemas que presenta esta segunda opción son:

  • La corrupción. Dado el elevado valor de estos bienes escasos y los sueldos tan bajos que recibe el personal eresponsable de su gestión, con frecuencia se dan casos de favoritismo a la hora de decidir quién puede acceder primero a dicho bien.

  • El tipo de decisión que se tomará a la hora de impedir o limitar su uso, será muy diferente al que se produce con derechos de propiedad debido a la reducida o nula implicación y motivación del personal responsable, al no recibir beneficios del mismo, ni correr con los gastos que supone mantenerlo el gasto tiende a ser muy elevado.

  • Como no surge un precio de mercado establecido, hay que decidir qué tipo de racionamiento se llevará a cabo. Debida a la escasa implicación de la población con dicho recurso, nadie se atreve a elegir el racionamiento más adecuado, por lo que la posibilidad de error aumenta muchísimo y con él el coste social.[2]

El segundo tipo de solución es muy defendido en el mundo de la economía, y además, aunque existen excepciones en los que no se pueden aplicar los derechos de propiedad, como por ejemplo para especies que migran largas distancias (aves y ballenas), existen numerosos ejemplos en el mundo natural que apoyan esta idea.

Las prohibiciones sobre el comercio de rinocerontes y tortugas marinas sólo han logrado que surja un mercado negro en auge de cuernos de rinoceronte en polvo y otros productos.

Las ostras en la Bahía de Chesapeake, en los límites de Maryland y Virginia, vio el resultado de la aplicación de ambas posturas en sus costas. En la década de 1960, Virginia, asignó derechos de propiedad a las ostras, logrando la recuperación de la población. Sin embargo, en la sección de Maryland, donde no existen los derechos de propiedad, no se ha observado dicha recuperación.

Existen bancos de peces en los caladeros de todo el planeta, todos tienen libre acceso y nadie quiere reponer para que no se lleve otro el recurso, un análisis de la pesca excesiva, señaló que los regímenes de acceso abierto podrían disminuir no sólo el rendimiento de los mismos, sino disminuir sus niveles de viabilidad. [3]

Estos, son sólo unos pocos ejemplos que muestran cómo no es un caso aislado. En el presente trabajo nos centraremos en el caso de los elefantes africanos.

El elefante africano

Existen dos especies de elefantes en el mundo. El elefante asiático (Elephas maximus), se encuentra sobre todo en las selvas de la India, Sri Lanka, el sur de China y el sudeste asiático. La mayoría están domesticados y existen menos de 50.000 en estado salvaje que habitan en las selvas remotas y montañosas.

Los elefantes africanos (Loxodonta africana) son más grandes que los asiáticos, conocidos por sus largos colmillos, tamaño, fuerza, resistencia, por la avanzada edad que alcanzan y el complejo comportamiento de sus manadas.

Los humanos han adiestrado a los elefantes para trabajar en tareas agrícolas, tala de árboles, caza, guerras y ceremonias. Su supervivencia está amenazada, sobre todo en África, donde son exterminados para obtener sus colmillos de marfil.

Los colmillos de elefante son de una sustancia blanca muy resistente llamada marfil. A lo largo de la historia, ha sido muy apreciado para al fabricación de herramientas, ornamentos, armas y tallas decorativas y, aún hoy, a pesar de las leyes de protección de la naturaleza, muchos elefantes mueren a manos de los cazadores furtivos. No obstante, en las pocas zonas donde los elefantes son comunes, es posible que el futuro se permita la caza limitada. [4]

La pérdida de hábitat y el comercio legal e ilegal de marfil de elefante ha reducido el número de elefantes africanos salvajes de 2´5 millones en 1970, 1´3 millones en 1979 a unos 500.000 en la actualidad (más 300 en zoos).

En octubre de 1989, tuvo lugar la reunión bianual de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas, donde se prohibió la venta de marfil de elefante, a pesar de las objeciones de muchos economistas,científicos y varios países del sur de África que han establecido sistemas de derechos de propiedad sobre los elefantes. Esto no solo no ha remediado el problema, sino que ha provocado graves problemas colaterales.

En primer lugar, aunque un gran número de seguidores opina que sin la existencia de un mercado de marfil el número de cazadores furtivos disminuiría notablemente, la realidad es otra muy distinta, se crearía un mercado negro de productos de elefante, lo que motivaría a los cazadores furtivos a encontrar nuevas maneras de eludir los sitemas de vigilancia que se están llevando a cabo. Los 36 países africanos en los que habitan los elefantes se encuentran entre los más pobres en el mundo, por lo que la caza furtiva es una tentadora alternativa a la agricultura del árido suelo o la protección de los animales de caza en las reservas y parques nacionales.

Esto no sólo afectaría al comercio de marfil de elefante, sino que aumentaría la matanza de otras especies que tienen marfil en su cuerpo, como las morsas, por sus colmillos de marfil que valen entre 500 y 1500 euros el par, y los hipopótamos, por su dentadura de marfil, que vale 70 euros el kilo.

En segundo lugar, el aumento de las poblaciones de elefantes en áreas donde su hábitat se ha reducido ha provocado la destrucción generalizada de vegetación por parte de estos animales. Esto a su vez, reduce los nichos ecológicos disponiobles para otras especies salvajes.

África es uno de los continentes del planeta con la mayor tasa de crecimiento de población humana. Del 80 al 90% de la población africana vive en las zonas rurales de comunidades agrarias. La capacidad de carga del desierto de África ya está en su límite capacidad, por lo que la vida en la sabana se está convirtiendo en una lucha casi a diario entre el hombre y la bestia por los cada vez más escasos recursos. Los elefantes son animales destructivos, por lo que la primera reacción de un granjero cuando ve a un elefante acechando su plantación es ir a por una escopeta, ya que en el pasado, los elefantes africanos se han visto como las plagas, pisotean las cosechas, destruyen bienes y, en ocasiones, han amtado a alguna persona. Así que cuando se acercan cazadores furtivos los aldeanos están encantados de cooperar con ellos, a menos que sepan que el elefante pueda aportarles algún beneficio económico.

Algunos conservacionistas y líderes de varias naciones del sur de África han hecho un llamamiento para que se levante parcialmente la prohibición de la venta del marfil de elefante en áreas en las que la población de elefantes está en peligro. Para poder vender el marfil procedente del sacrificio sostenible de elefantes en estas áreas, habría que demostrar antes que fue obtenido de forma legal y que la mayor parte de los beneficios serían para la población de la zona y para la conservación de la vida salvaje.

Actualmente, Zimbabwe cuenta con un elevado número de elefantes, más de los que el desierto del país puede sostener. Los funcionarios del Servicio de Vida Silvestre se ven obligados a sacrificar cerca de 5000 a 7000 elefantes cada año. Si el gobierno de Kenya mejorara su punto de vista respecto a la aplicación de incentivos económicos para proteger su vida silvestre, podría comprar el exceso de elefantes de Zimbabwe para reponer la desaparición de sus propias manadas.

El gobierno de Kenya gestiona sus elefantes con guardias armados y vallas eléctricas para atacar a los cazadores furtivos que intenten matar algún elefante, a pesar de dichos esfuerzos la población de elefantes de Kenya se ha reducido en un 75% desde 1981, según estadísticas publicadas por el Fondo Mundial para la Naturaleza, Tanzania y otros países de África Central y Oriental, registraron caídas similares en sus poblaciones de elefantes. Los habitantes de Kenya no tienen ningún incentivo para actuar con responsabilidad hacia los elefantes, ya que no los poseen en el sentido jurídico. Cuando algo es propiedad de todos, es propiedad de nadie. Y si no eres su dueño, no lo consideras tu responsabilidad. [5]

En 1997, la Convención sobre el Trafico Internacional de Especies Amenazadas (CITES) voto a favor de otorgar a Zimbabwe, Botswana y Namibia permisos puntuales, bajo un control estricto, para vender marfil obtenido del sacrificio de manadas de elefantes y de muertes naturales de elefantes a Japón (como máximo 25,3 toneladas Botswana, 20 toneladas Zimbabwe, y 13,8 toneladas Namibia). Los 5 millones de euros obtenidos de las ventas se están utilizando en proteger la vida salvaje y en programas de desarrollo rural. Estos tres países y Sudáfrica han propuesto que se les permita sacrificar elefantes y vender marfil todos los años. Países como Zambia, Malawi y Sudáfrica se han sumado a la gestión del programa de elefantes, que tiene un récord de éxito. Nada más haber transferido la responsabilidad del cuidado de los elefantes a los agricultores y ganaderos en cuyas tierras habitan, la población de elefantes en Zimbabwe aumentó en un 5% al año. [6]

Los africanos reciben un porcentaje de las tasas que el gobierno estipuló para la caza y los safaris fotográficos en sus aldeas y zonas cercanas, ya que el pago va directamente a los agricultores y pastores. Esta gestión basada en programas de gestión de los recursos naturales también crea algunos puestos de trabajo, permitiendo así generar ingresos para financiar mejoras de la comunidad, como las nuevas escuelas, clínicas médicas y carreteras. Esto contribuye a que la población vea el valor de conservar vivos a los elefantes, y no les vea como criaturas peligrosas o plagas dañinas, con derechos de propiedad hay un sentido de propiedad como una tribu o pueblo.

Algunos conservacionistas de la vida salvaje se oponen a tales ventas, ya que consideran que la mejor forma de proteger a los elefantes africanos de la extinción es dando continuidad a la prohibición de la venta de marfil, afirmando además que ha habido un aumento de caza furtiva de elefantes desde 1999, cuando a los tres países africanos se les permitió vender marfil de animales sacrificados. Sin embargo la realidad es otra, han aumentado las poblaciones de elefantes en Botswana, Namibia, Sudáfrica, Tanzania, Zambia y Zimbabwe, donde los derechos de propiedad se han establecido. En Botswana, por ejemplo, el elefante población ha aumentado de 20.000 en 1981 a más de 80.000 el día de hoy. En Zimbabwe, los aproximadamente 30.000 elefantes que existían en 1978 se han triplicado.

Otro factor que tiene gran relevancia en la disminución de la población de elefantes africanos es la inestabilidad política (asesinatos políticos, revueltas, golpes de Estados, dictaduras…) Estos factores tienden a reducir la seguridad de los derechos de propiedad, obligando así a la población a centrarse en los beneficios que pudieran obtener a corto plazo.

Los países con mayor disminución de las poblaciones de elefantes tienen tres veces más huelgas, el doble de crisis y casi el doble de los cambios de régimen de estado. Estas comparaciones indican que los elefantes son más amenazados cuando la la seguridad de los derechos de propiedad también lo está.[1]

Conclusiones

El elefante africano está en peligro de extinción, muchas de las matriarcas que guiaban la manada han sido asesinadas, dejando a muchas manadas sin un líder que les guíe o muestre el camino en épocas de hambre o sequía. Esto ha llevado al menos a dos diferentes estrategias: la prohibición de la venta de marfil y la asignación de derechos de propiedad a los locales africanos.

Esto último ha mejorado la protección de los elefantes, ya que compensan a los habitantes de la localidad los daños que en ocasiones provocan los elefantes. Varios de los países del sur de África han demostrado que pueden utilizar de forma sostenible sus elefantes, empleando el dinero que obtienen de la venta del marfil de ejemplares sacrificados para proteger mejor a la vida salvaje.

Puesto que la inestabilidad política es otro factor a tener en cuenta en la disminución de poblaciones de elefantes, es imprescindible el aumento de la estabilidad política junto con la creación de derechos de propiedad.

Fuente de información:

5 pensamientos sobre “La tragedia de los comunes: El elefante africano”

  1. Concuerdo con el autor en gran parte de su análisis. En mi región, hay un caso similar: el de la vicuña. En los años 70 y 80 las poblaciones de vicuña del Peru no llegaban a los 10 mil ejemplares. En los años noventa, se le otorgó el acceso a ese recurso a las comunidades rurales, permitiendo el usufructo de la fibra y beneficio de la comercialización de la misma. Hoy, esas poblaciones llegan a 120 mil individuos.
    No estoy de acuerdo con una de las conclusiones del autor. El elefante africano no está en peligro de extinción. Su población global llega a más de medio millón de ejemplares (si tomamos las estimaciones más pesimistas). Se trata de dos especies, y una de ellas hibridiza, por lo que si algún día se llegara a la una población total de 100 mil individuos, habría amplias posibilidades de recuperar a la especie. En las condiciones actuales, una población de un millón de individuos sería imposible: NO HAY HABITAT
    Gracias por su objetividad. Guillermo Puccio – Fundacion Biodiversidad

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